1. La Cruz dorada refiere inmediatamente al misterio pascual, núcleo central de nuestra Fe; el mismo fundamenta la Esperanza al revelar el designo de Amor de Dios a favor de los hombres.
La verdadera Sabiduría la encontraremos en la Fe en el Cristo Crucificado, el cual durante su vida terrena “pasó haciendo el bien y sanando a todos”. Cuando le llegó la “hora” dispuesta por el Padre, se entrega a la muerte y muerte de Cruz por amor a la humanidad. La revelación plena y total del Amor del Padre se produce en el instante supremo en el cual el Hijo entrega su Vida, obteniéndonos la redención, donándonos su Espíritu y dando origen místicamente a la Iglesia.
Ahora bien, el Señor Crucificado es también Resucitado; pasando por la humillación de la Cruz –la cual irradia una luz especial- Cristo recibe al Padre, para sí y para nosotros, el Espíritu, fuente de Vida nueva.
2. María Santísima es la “estrella resplandeciente” que ilumina nuestra débil Fe, porque ella es la “mujer creyente” que ha orientado toda su existencia en relación a su Hijo.
Lo acompañó, sostenida por la Fe, en los momentos claves de su existencia y no dudó en permanecer junto a su Cruz con el corazón traspasado. De esa misma compañía, discreta y fiel, gozarán más tarde los discípulos, en la espera confiada del Espíritu Santo en Pentecostés.
También María es “vida, dulzura y esperanza nuestra”. Su presencia maternal infunde en nuestros corazones tentados por el desánimo, la luz de la Esperanza que nos impulsa a seguir caminando hacia la Casa del Padre aún en medio de la “noche oscura” de nuestra historia.
3. Completan el escudo el báculo, que indica la misión del obispo de pastorear al Pueblo de Dios y el lema:
“El pasó haciendo el bien…” |